domingo, 15 de abril de 2018

Eva a la reconquista del jardín de la lengua francesa

Eva o la manzana, de Paul Roussel
El cronista Jean-Benoît Nadeau estaba en Francia el pasado octubre cuando la Academia francesa, que se dice predestinada a escrutar el presente de la lengua para leer su porvenir, juzgó la “escritura inclusiva” de “peligro mortal”. Para intentar comprender el riesgo de muerte anunciada, es necesario definir una noción que, cual diente de ajo lanzado a un vampiro, aterroriza hoy a los puristas.

La “feminización lingüística” pretende “eliminar el lenguaje de género en francés o bien sacar a la luz la existencia de las mujeres” (Lessard y Zaccour, 2017). Ese conjunto de estrategias de escritura se compone de dos apartados: la feminización lexical (o feminización de las denominaciones de personas[1]) y la feminización sintáctica o textual (también llamada “escritura inclusiva”, “redacción epicena” o “redacción no sexista”), que contradicen el sacrosanto postulado gramatical según el cual “el masculino prevalece sobre el femenino” (Dupleix, 1651; citado en Nadeau, 2017). He aquí lo que quita el sueño a los Inmortales: una práctica que promueve simplemente el abandono de “la redacción en masculino genérico para designar hombres y mujeres” (Arbour y Nayves, 2017), ya que eso introduciría, según ellos, “la confusión y el desorden en un equilibrio sutil nacido del uso popular” (Dumézil y Lévi-Strauss, 1984). “Para reformar el vocabulario de los oficios”, estos adorables señores, que a todas luces sobresalen en el arte de la justeza (o de la ironía), recomiendan, pues, evitar el femenino, “género discriminatorio por excelencia”, declaran, y “preferir para las denominaciones profesionales el género no marcado”, o sea, el masculino, lo cual colocaría “a hombres y mujeres en pie de completa igualdad”.

Parece un mal chiste. En efecto, los argumentos lexicales (carácter genérico del masculino y polisemia de las nuevas denominaciones femeninas), sintácticos (falta de claridad, de economía y de eficacia en la comunicación), estéticos (sonoridad desagradable), políticos (autoridad académica) y psicosociales (prestigio asociado a las denominaciones masculinas y sufijación femenina peyorativa) son insostenibles (Dister y Moreau, 2009; citado en H. Baider, 2010). Lessard y Zaccour (2017) recuerdan, por ejemplo, que la primacía del masculino, defendida a capa y espada por la vetusta institución[2], no es intrínseca a la lengua francesa, sino el resultado de una ofensiva política desplegada en los siglos XVII y XVIII “por un grupo de gramáticos, sabios y autores misóginos”, primero contra las terminaciones femeninas consideradas “superfluas” (peintresse, poétesse)[3] y los nombres de ocupaciones cultas (professeuse, philosophesse, autrice)[4], y luego contra la regla de concordancia por proximidad (Un homme et une femme sont contentes)[5]. Esta iniciativa falocrática, que permitió la expulsión gradual de las mujeres del jardín de la lengua francesa y el control de las representaciones de sus roles en la sociedad, agregan Lessard y Zaccour (2017), pervive en la actualidad, disimulada por la etiqueta lingüística moderna del “masculino genérico” y venerada por los caballeros de la Academia, cuyas batallas contra los molinos no pasan jamás inadvertidas en el reino hexagonal francés ni en las desgraciadas comarcas del resto de la francofonía.

La cuna de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad “se distingue de otros países por su resistencia a la feminización”, confirma Elizabeth Dawes (2004). Sin embargo, pese a la oposición de la Academia a proposiciones que juzga “contrarias al espíritu de la lengua”, (Dumézil y Lévi-Strauss, 1984), las denominaciones femeninas son privilegiadas en los textos administrativos franceses desde 1997 (Arbour y Nayves, 2017) y en 1999 el gobierno ratificó la guía Femme, écris ton nom[6], publicada por el Instituto nacional de la lengua francesa. El pasado otoño, según la crónica de Jean-Benoît Nadeau (2017), el primer ministro Édouard Philippe intervino en la polémica sobre la “escritura inclusiva” aconsejando a sus ministros permanecer abiertos a ciertos procedimientos, como los dobletes completos (les lectrices et les lecteurs)[7] y las denominaciones femeninas (autrice), aunque evitando los malditos « puntos medios » (lecteur·rice·s)[8], a fin de conjurar probablemente los sombríos presagios de los oráculos de la lengua.

Así, pues, existe en Francia disensión entre el Estado, que orienta y estimula la feminización lingüística, y la Academia, que, fiel guardiana de una norma popular supuestamente grabada sobre mármol, se resiste a esta innovación (Lessard y Zaccour, 2017); aun cuando la norma en cuestión resulte hoy tan arbitraria como absurda. “¿Cómo es posible que la mujer del embajador sea ambassadrice[9]?”, se pregunta Jean-Benoît Nadeau (2017), por ejemplo. “Lógicamente – razona el cronista –, ella no debiera ser otra cosa que la femme de l’ambassadeur.” ¿Por qué – podríamos igualmente cuestionarnos junto a Dawes (2004) – las denominaciones masculinas consideradas de “alto nivel”, como professeur[10], poseen un único género, mientras las de “bajo nivel”, como travailleur[11], admiten la feminización? ¿Por qué una mujer puede ser contrôleuse d’autobus[12], pero no contrôleuse de finances[13]? Elizabeth Dawes (2004) señala también que, en realidad, el masculino genérico no nombra a las mujeres, las oculta, y que a pesar de todo, sorprendentemente, muchas de ellas quedan satisfechas. Para Jean-Benoît Nadeau (2017), el sistema de valores de los franceses y las francesas ha retardado más la evolución lógica del francés desde hace 40 años que la propia estructura de la lengua. La profesora Dawes (2004), para quien las restricciones y los juicios de valor no vienen de la lengua misma, sino de la ideología de los hablantes, estaría rotundamente de acuerdo con él: la feminización de las denominaciones de personas no es un problema lingüístico, sino un problema de sociedad.

Más allá de las barricadas

Por fortuna, como Schnorhk (2017) lo expresa en la Tribune de Genève, el francés es un idioma movedizo, cuyas palabras vienen y van, y que no ha estado jamás a salvo de evoluciones gramaticales y sociales. Teniendo en cuenta la connotación ética de la feminización de la lengua (visibilidad de las mujeres, eliminación de un tipo de discriminación, respeto a la identidad femenina) (Dister y Moreau, 2009; citado en H. Baider, 2010), la mayoría de las autoridades lingüísticas francófonas occidentales (incluyendo el Instituto nacional de la lengua francesa, antes mencionado), alentadas y sostenidas por los gobiernos, han adoptado desde hace tiempo estrategias de feminización (Lessard y Zaccour, 2017). Quebec es un buen ejemplo.

Desde finales de los setenta, las mujeres de la Belle Province se fueron afirmando cada vez más en el ámbito laboral y fue necesario crear denominaciones femeninas para reflejar la nueva realidad (Guilloton y Vachon-L’Heureux, 2018). Las recomendaciones (1979, 1981, 1984) de la Oficina quebequense de la lengua francesa (OQLF) y las guías oficiales de feminización, que cubrieron respectivamente las denominaciones de personas (1986) y los textos (1991), así como el documento Féminisation des appellations de personnes et rédaction épicène[14] (2015) hacen de Quebec un precursor y un faro en la materia. Ese proceso continúa hoy por medio de la promoción de la feminización sintáctica y de las formulaciones neutras. El primer procedimiento recomienda un uso moderado de los dobletes completos (la lectrice et le lecteur sont contents)[15]; el segundo, en tanto, prioriza el empleo de las formas epicenas (le lectorat, la clientèle)[16]. A no ser que el espacio sea muy limitado, la OQLF desaconseja los dobletes abreviados (le [la] réviseur[-euse])[17] y las notas como “el masculino es utilizado para aligerar el texto” (BDL, 2018; Arbour y Nayves, 2017; Lessard y Zaccour, 2017).

En los años noventa, la Bélgica francófona y la Suiza romanda también publicaron sus propios repertorios de denominaciones femeninas. El Consejo de la comunidad francesa belga elaboró reglas de feminización para las entidades que subvenciona, y guías de reacción no sexista orientan las comunicaciones de la administración con el público. En Suiza romanda, donde las denominaciones femeninas son moneda corriente, la ley exige que las autoridades federales se comuniquen de manera no sexista, lo cual se lleva a cabo gracias guías confeccionadas con ese propósito (Lessard y Zaccour, 2017). La variación observada por Elizabeth Dawes (2004) de un lugar a otro es expresión de riqueza y creatividad. Así, en Canadá se privilegian las denominaciones femeninas puramente gráficas (chercheure en lugar de chercheuse; docteure y no doctoresse; auteure antes que autrice)[18], aun cuando la Academia las califique de lamentables “barbarismos”. En la Bélgica francófona, “más cercana a la sensibilidad francesa”, continúa Dawes (2004), se recurre a los sustantivos epicenos (feminización minimalista): un(e) professeur, un(e) auteur, un(e) ingénieur, un(e) docteur, un(e) écrivain[19]; mientras en la Suiza romanda se opta por una feminización maximalista, es decir, marcada tanto gráfica como oralmente (cheffe, écrivaine, autrice, mairesse, poétesse y consulesse)[20].

Hoy por hoy, ese abanico de estrategias lingüísticas es prueba de la diversidad y la polivalencia en el seno de las comunidades feministas, donde incluso neologismos como frœur, belleau e iel sacan a la luz la existencia de “personas no binarias, agénero, bigénero o transgénero” (Lessard y Zaccour, 2017). No son, por supuesto, términos muy propagados, pues como Guilloton y Vachon-L’Heureux (2018) señalan, “la gramaticalidad y la inteligibilidad (…) siguen siendo cualidades textuales indispensables”. Lessard y Zaccour (2017) constatan que, en general, el desarrollo de un movimiento en pro de la redacción no sexista es todavía incipiente, pero este se fortalecerá probablemente en los próximos años.

El prolongado estancamiento de la Academia francesa y de ciertas personas demuestra, en fin, cuán difícil es cambiar habitudes y mentalidades. Sin embargo, puesto que la lengua es una herramienta perteneciente a la totalidad de sus usuarios e usuarias, en principio debería ser perfectamente modelable para reflejar mejor las representaciones y las relaciones sociales. Después de todo, ¿no se trata de evitar lo que la academicista Carrère d’Encausse (2013), parafraseando a George Orwell, deplora: la reducción del “dominio del pensamiento”? El Estado, los medios y el sistema educativo pueden y deben sin dudas contribuir al cambio, pues la reconquista femenina del jardín de la lengua francesa no es un pasatiempo de las élites, como creen los puristas desde su Olimpo inmutable, sino una necesidad cada vez más imperiosa para la humanidad de aquí abajo[21].



[1] Expresión que designa “a una persona haciendo referencia al trabajo o a las funciones que ejecuta (…) o al rol que juega en la sociedad” (Arbour y Nayves, 2017).
[2] No es hasta 1980, es decir, 345 años después de su fundación, que la Academia francesa abre las puertas de su torre de marfil a las mujeres.
[3] Pintora, poetisa
[4] Profesora, filósofa, autora
[5] Un hombre y una mujer están contentas.
[6] Mujer, escribe tu nombre
[7] Las lectoras y los lectores
[8] Lector·a·s
[9] Embajadora
[10] Profesor
[11] Trabajador
[12] Contralora de autobús
[13] Contralora financiera
[14] Feminización de las denominaciones de personas y redacción epicena
[15] La lectora y el lector están contentos.
[16] El lectorado, la clientela
[17] El [la] revisor[-a]
[18] Investigadora, doctora, autora
[19] Un(a) profesor, un(a) autor, un(a) ingeniero, un(a) doctor, un(a) escritor
[20] Jefa, escritora, autora, alcaldesa, poetisa y consulesa
[21] El pasado noviembre, Mme Carrère d'Encausse reconoció que la evolución de la sociedad francesa durante los últimos veinte años trajo consigo modificaciones lingüísticas “cuyo alcance convendría hoy analizar, a fin “de responder a las legítimas aspiraciones de nuestras conciudadanas, que anhelan ver el lugar que ocupan en la vida social, y sobre todo profesional, reflejada en denominaciones mejor adaptadas” (Ugolini, 2017). Ya veremos…

Bibliografía

Arbour, M.-È. et Nayves, H. (2017). Formation sur la rédaction épicène. Office québécois de la langue française. Repéré à https://www.oqlf.gouv.qc.ca/redaction-epicene/20180112_formation-redaction-epicene.pdf
Banque de dépannage linguistique (BDL) (2018). La rédaction et la communication > Féminisation et rédaction épicène > Rédaction épicène > Généralités sur la rédaction épicène > Questions fréquentes sur la féminisation. Office québécois de la langue française (OQLF). Repéré à http://bdl.oqlf.gouv.qc.ca/bdl/gabarit_bdl.asp?id=4015
Carrère d’Encausse, H. (2013). À la reconquête de la langue française. Académie française. Repéré à http://www.academie-francaise.fr/la-reconquete-de-la-langue-francaise
Dawes, E. (2003). La féminisation des titres et fonctions dans la Francophonie : De la morphologie à l’idéologie. Ethnologies, 25(2), 195-213. Repéré à https://www.erudit.org/fr/revues/ethno/2003-v25-n2-ethno719/008054ar/
Dumézil, G. et Lévi-Strauss, L. (1984). Féminisation des titres et des fonctions. Académie française. Repéré à http://www.academie-francaise.fr/actualites/feminisation-des-titres-et-des-fonctions
Guilloton, N. et Vachon-L’Heureux, P. (2018). La féminisation au Québec. Usito. Repéré à https://www.usito.com/dictio/#/contenu/guilloton_vachon_1.the.xml
H. Baider, F. (2010). Anne Dister et Marie-Louise Moreau, Féminiser? Vraiment pas sorcier. La féminisation des noms de métiers, fonctions, grades et titres. Louvain, De Boeck et Duculot, 2009, 207 p. Recherches féministes, 23(2), 183-188. Repéré à https://www.erudit.org/fr/revues/rf/2010-v23-n2-rf4006/045673ar.pdf
Lessard, M. et Zaccour, S. (2017). Grammaire non sexiste de la langue française. Le masculin ne l’emporte plus! Québec : M éditeur; Paris : Éditions Syllepse.
Nadeau, J.-B. (2017). Le sexe de la langue. Le Devoir. Repéré à http://www.ledevoir.com/opinion/chroniques/514005/le-sexe-de-la-langue
Pech, M.-E. (2017). Pour l'Académie, l'écriture inclusive est un «péril mortel». Le Figaro.fr. Repéré à http://www.lefigaro.fr/actualite-france/2017/10/26/01016-20171026ARTFIG00256-l-academie-francaise-met-en-garde-contre-le-peril-mortel-de-l-ecriture-inclusive.php
Radio-Canada (2014). « Une auteure » est un barbarisme, selon l'Académie française. Repéré à http://ici.radio-canada.ca/nouvelle/690019/bataille-autour-de-la-feminisation-des-titres-en-france
Schnorhk, V. (2017). Les Suisses et les Suissesses sont… belles. Tribune de Genève. Repéré à https://www.tdg.ch/vivre/societe/Les-Suisses-et-les-Suissesses-sont-belles/story/31885135
Ugolini, S. (2017). Féminisation de la langue : l'Académie française prête à évoluer. RTL. Repéré à http://www.rtl.fr/actu/justice-faits-divers/feminisation-de-la-langue-l-academie-francaise-prete-a-evoluer-7791109905

jueves, 12 de abril de 2018

Ève à la reconquête du jardin de la langue française

Ève ou la pomme, de Paul Roussel

Le chroniqueur Jean-Benoît Nadeau était en France en octobre dernier lorsque l’Académie française, qui se dit destinée à « épouser le temps présent et [à] percevoir son contenu d’avenir » (Carrère d’Encausse, 2013), a jugé l’« écriture inclusive » de « péril mortel » (Pech, 2017). Pour essayer de comprendre « le danger », il faut avant tout définir cette notion qui, telle une gousse d’ail à la vue d’un vampire, épouvante les Immortels.

La « féminisation linguistique » est un ensemble de stratégies d’écriture conçues pour « dégenrer le français, ou encore mettre en lumière l’existence des femmes » (Lessard et Zaccour, 2017). Elle comporte deux volets : la féminisation lexicale (ou féminisation des appellations de personnes[1]) et la féminisation syntaxique ou textuelle (aussi appelée « écriture inclusive », « rédaction épicène » ou « rédaction non sexiste »), qui vont à l’encontre du sacrosaint postulat grammatical selon lequel « le masculin l’emporte sur le féminin » (Dupleix, 1651; cité dans Nadeau, 2017). Voilà ce qui tracasse les puristes : une pratique qui prône tout simplement l’abandon de « la rédaction au masculin générique pour désigner des hommes et des femmes » (Arbour et Nayves, 2017), car cela risquerait, selon eux, « de mettre la confusion et le désordre dans un équilibre subtil né de l’usage » (Dumézil et Lévi-Strauss, 1984). « Pour réformer le vocabulaire des métiers », ces chers messieurs, qui de toute évidence excellent dans l’art de la justesse (ou de l’ironie), recommandent alors d’éviter le féminin, « genre discriminatoire au premier chef », déclarent-ils, et qu’« on préfère pour les dénominations professionnelles le genre non marqué », c’est-à-dire le masculin, ce qui mettrait « les hommes et les femmes sur un pied de complète égalité ».

Il y a de quoi rester bouche bée. En effet, les arguments lexicaux (généricité du masculin et polysémie des nouvelles appellations féminines), syntaxiques (manque de clarté, d’économie et d’efficacité dans la communication), esthétiques (sonorité désagréable), politiques (autorité académique) et psychosociaux (prestige associé aux appellations masculines et suffixation féminine péjorative) ne tiennent pas tout à fait la route (Dister et Moreau, 2009; cité dans H. Baider, 2010). Lessard et Zaccour (2017) rappellent, par exemple, que la primauté du masculin, défendue à l’épée par la vétuste institution[2], n’est pas intrinsèque à la langue française, mais le résultat d’une offensive politique lancée aux 17e et 18e siècles « par des grammairiens, des savants et des auteurs misogynes », d’abord contre les terminaisons féminines considérées comme « superflues » (peintresse, poétesse) et les noms d’occupations savantes (professeuse, philosophesse, autrice), puis contre la règle d’accord de proximité (Un homme et une femme sont heureuses). Cette initiative phallocratique, qui a permis l’expulsion graduelle des femmes du jardin de la langue française et le contrôle des représentations de leurs rôles dans la société, ajoutent Lessard et Zaccour (2017), demeure d’actualité, masquée sous l’étiquette linguistique moderne de « masculin générique » et vénérée par les chevaliers de l’Académie, dont les batailles contre les moulins à vent ne passent jamais inaperçues dans le royaume hexagonal français ni dans les disgracieuses contrées du reste de la francophonie.

« La France se distingue des autres pays par sa résistance à la féminisation », confirme Elizabeth Dawes (2004). Cependant, malgré l’opposition de l’Académie à des propositions qu’elle juge « contraires à l’esprit de la langue » (Dumézil et Lévi-Strauss, 1984), les appellations de personnes au féminin sont privilégiées dans les textes administratifs français depuis 1997 (Arbour et Nayves, 2017) et en 1999 le gouvernement a ratifié le guide intitulé Femme, écris ton nom, publié par l’Institut national de la langue française. L’automne dernier, selon la chronique de Jean-Benoît Nadeau (2017), le premier ministre Édouard Philippe a eu son mot à dire dans la polémique sur l’« écriture inclusive », en conseillant à ses ministres de rester ouverts à certains procédés, dont les doublets complets (les lectrices et les lecteurs) et les appellations féminines (autrice), tout en évitant les « points médians » (lecteur·rice·s), afin de conjurer probablement les sombres présages des oracles de la langue.

Ainsi, il existe en France dissension entre l’État, qui oriente et encourage la féminisation linguistique, et l’Académie, qui, fidèle gardienne d’un usage supposément gravé dans le marbre, se résiste à cette innovation (Lessard et Zaccour, 2017); même si l’usage en question s’avère aujourd’hui aussi absurde qu’arbitraire. « Comment se fait-il que la femme de l’ambassadeur soit ambassadrice ? », se demande Jean-Benoît Nadeau (2017), par exemple. « En toute logique – raisonne-t-il –, elle ne devrait être que la femme de l’ambassadeur. » Pourquoi – on pourrait également se questionner avec Dawes (2004) – les appellations masculines dites de « haut de gamme », comme professeur, sont-elles à genre unique, tandis que celles de « bas de gamme », comme travailleur, admettent la féminisation? Pourquoi une femme peut être une contrôleuse d’autobus, mais pas une contrôleuse de finances? Elizabeth Dawes (2004) signale également que le masculin générique ne nomme pas les femmes, il les occulte, et que malgré cela, beaucoup d’entre elles y trouvent leur compte. Pour Jean-Benoît Nadeau (2017), ce qui y a retardé l’évolution logique du français depuis 40 ans, « c’est le système de valeurs des Français [et des Françaises] davantage que la structure de la langue ». La professeure Dawes (2004), pour qui les contraintes et les jugements de valeur ne viennent pas de la langue elle-même, mais de l’idéologie des locuteurs et locutrices, serait tout à fait d’accord avec le chroniqueur. La féminisation des appellations de personnes ne serait donc pas un problème linguistique, conclut-elle, mais un problème de société.

Au-delà des barricades

Heureusement, tel que Schnorhk (2017) l’exprime dans la Tribune de Genève, « le français est un langage mouvant, formé d’un vocabulaire où les mots vont et viennent, et qui n’a jamais été à l’abri d’évolutions grammaticales » et sociales. Compte tenu de la connotation éthique de la féminisation de la langue (visibilité des femmes, élimination d’un type de discrimination, respect de l’identité féminine) (Dister et Moreau, 2009; cité dans H. Baider, 2010), la majorité des autorités linguistiques francophones occidentales (dont Institut national de la langue française, mentionné plus haut), stimulées et soutenues par les gouvernements, ont depuis longtemps adopté des stratégies de féminisation (Lessard et Zaccour, 2017). Le Québec en est un bel exemple.

Depuis la fin des années 1970, les femmes de la Belle Province se sont de plus en plus affirmées dans le monde du travail et il a été par conséquent nécessaire de créer des appellations au féminin pour bien refléter cette nouvelle réalité (Guilloton et Vachon-L’Heureux, 2018). Les Avis de recommandation (1979, 1981, 1984) de l’Office de la langue française (OLF), puis les guides officielles de féminisation couvrant respectivement les appellations de personnes (1986) et les textes (1991) ainsi qu’un nouvel avis intitulé Féminisation des appellations de personnes et rédaction épicène (2015) font du Québec un précurseur et un phare dans la matière[3] (Arbour et Nayves, 2017; Lessard et Zaccour, 2017).

Dans les années 1990, la Belgique francophone et la Suisse romande ont aussi publié leurs propres répertoires d’appellations au féminin (Dawes, 2004). Le Conseil de la communauté française belge a élaboré des règles de féminisation pour les entités qu’il subventionne, et des guides de rédaction non sexiste orientent les communications du gouvernement avec le public. En Suisse romande, où les appellations féminines sont monnaie courante, la loi exige que les autorités fédérales s’expriment de façon non sexiste, ce qui se fait aussi à l’aide de guides confectionnés à cet effet (Lessard et Zaccour, 2017). La variation observée par Elizabeth Dawes (2004) d’un endroit à l’autre est expression de richesse et de créativité. Ainsi, remarque-t-elle, au Canada on privilégie les appellations féminines purement graphiques (chercheure plutôt que chercheuse; docteure au lieu de doctoresse ; auteure à la place d’autrice), même si l’Académie les considère comme des « barbarismes » (Radio-Canada, 2014). En Belgique francophone, « plus proche de la sensibilité française », poursuit Dawes (2004), on a recours aux épicènes (féminisation minimaliste) : un(e) professeur, un(e) auteur, un(e) ingénieur, un(e) docteur, un(e) écrivain; alors qu’en Suisse romande, on opte pour une féminisation maximaliste, c’est-à-dire marquée à l’écrit et à l’oral (cheffe, écrivaine, autrice, mairesse, poétesse et consulesse).

De nos jours, cet éventail de stratégies linguistiques témoigne de la diversité et de la polyvalence au sein des communautés féministes, où même des néologismes comme frœur, belleau et iel servent à rendre compte de l’existence de « personnes non binaires, agenres, bigenres ou fluides dans le genre » (Lessard et Zaccour, 2017). Ce ne sont pas, bien sûr, des formes très répandues, car comme Guilloton et Vachon-L’Heureux (2018) le rappellent, « la grammaticalité et l’intelligibilité (…) demeurent les qualités textuelles indispensables ». Lessard et Zaccour (2017) constatent qu’en général le développement d’un mouvement pour une rédaction non sexiste est encore timide, mais il devrait se renforcer dans les années à venir.

La longue stagnation de l’Académie française et de certaines personnes démontre, enfin, à quel point il est difficile de changer les habitudes et les mentalités. Néanmoins, puisque la langue est un outil appartenant à la totalité de ses usagers et usagères, en principe elle devrait être parfaitement façonnable pour mieux refléter les représentations et les rapports en société. Après tout, n’est-il pas question d’éviter ce que l’académicienne Carrère d’Encausse (2013), paraphrasant George Orwell, déplore : la réduction du « domaine de la pensée »? L’État, les médias et le système d’éducation peuvent et doivent sans doute aider à faire bouger les lignes, car cette reconquête féminine du jardin de la langue française n’est certainement pas un passetemps des élites, comme le croient les Immortels sur leur Olympe immuable, mais une nécessité de plus en plus présente pour ceux et celles d’ici-bas[4].



[1] Expression qui désigne « une personne en faisant référence soit au travail ou aux fonctions qu’elle exécute (…) soit au rôle qu’elle joue dans la société » (Arbour et Nayves, 2017).
[2] Ce n’est qu’à partir de 1980, soit 345 ans après sa fondation, que l’Académie française ouvre les portes de sa tour d’ivoire aux femmes.
[3] Ce processus s’y poursuit aujourd’hui à travers la promotion de la féminisation syntaxique et des formulations neutres. Le premier procédé recommande un usage modéré des doublets complets (la lectrice et le lecteur sont contents); alors que le second met de l’avant l’emploi des formes épicènes (le lectorat, la clientèle). Dans les textes suivis, l’OQLF déconseille les doublets abrégés (le [la] réviseur[-euse]) et des notes comme « le masculin est utilisé pour alléger le texte » (BDL, 2018; Arbour et Nayves, 2017).
[4] En novembre dernier, Mme Carrère d'Encausse a reconnu que l’évolution de la société française au cours de vingt dernières années a entraîné des modifications linguistiques « dont il conviendrait aujourd'hui de prendre la mesure », afin « de répondre aux aspirations légitimes de nos concitoyennes, qui souhaitent voir la place qu'elles occupent dans la vie sociale, et notamment professionnelle, reconnue par des dénominations adaptées » (Ugolini, 2017). À suivre…

Bibliographie

Arbour, M.-È. et Nayves, H. (2017). Formation sur la rédaction épicène. Office québécois de la langue française. Repéré à https://www.oqlf.gouv.qc.ca/redaction-epicene/20180112_formation-redaction-epicene.pdf
Banque de dépannage linguistique (BDL) (2018). La rédaction et la communication > Féminisation et rédaction épicène > Rédaction épicène > Généralités sur la rédaction épicène > Questions fréquentes sur la féminisation. Office québécois de la langue française (OQLF). Repéré à http://bdl.oqlf.gouv.qc.ca/bdl/gabarit_bdl.asp?id=4015
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Dawes, E. (2003). La féminisation des titres et fonctions dans la Francophonie : De la morphologie à l’idéologie. Ethnologies, 25(2), 195-213. Repéré à https://www.erudit.org/fr/revues/ethno/2003-v25-n2-ethno719/008054ar/
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Eva a la reconquista del jardín de la lengua francesa

Eva o la manzana , de Paul Roussel El cronista Jean-Benoît Nadeau estaba en Francia el pasado octubre cuando la Academia francesa, que ...