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| Eva o la manzana, de Paul Roussel |
El cronista Jean-Benoît
Nadeau estaba en Francia el pasado octubre cuando la Academia francesa, que se dice
predestinada a escrutar el presente de la lengua para leer su porvenir, juzgó
la “escritura inclusiva” de “peligro mortal”. Para intentar comprender el
riesgo de muerte anunciada, es necesario definir una noción que, cual diente de
ajo lanzado a un vampiro, aterroriza hoy a los puristas.
La “feminización
lingüística” pretende “eliminar el lenguaje de género en francés o bien sacar a
la luz la existencia de las mujeres” (Lessard y Zaccour, 2017). Ese conjunto de estrategias de escritura se compone de dos apartados: la
feminización lexical (o feminización de las denominaciones de personas[1])
y la feminización sintáctica o textual (también llamada “escritura inclusiva”,
“redacción epicena” o “redacción no sexista”), que contradicen el sacrosanto
postulado gramatical según el cual “el masculino prevalece sobre el femenino” (Dupleix,
1651; citado en Nadeau, 2017). He aquí lo que quita el sueño a los Inmortales:
una práctica que promueve simplemente el abandono de “la redacción en masculino
genérico para designar hombres y mujeres” (Arbour y Nayves, 2017), ya que eso
introduciría, según ellos, “la confusión y el desorden en un equilibrio sutil
nacido del uso popular” (Dumézil y Lévi-Strauss, 1984). “Para reformar el
vocabulario de los oficios”, estos adorables señores, que a todas luces
sobresalen en el arte de la justeza (o de la ironía), recomiendan, pues, evitar
el femenino, “género discriminatorio por excelencia”, declaran, y “preferir
para las denominaciones profesionales el género no marcado”, o sea, el
masculino, lo cual colocaría “a hombres y mujeres en pie de completa igualdad”.
Parece un mal chiste. En
efecto, los argumentos lexicales (carácter genérico del masculino y polisemia
de las nuevas denominaciones femeninas), sintácticos (falta de claridad, de
economía y de eficacia en la comunicación), estéticos (sonoridad desagradable),
políticos (autoridad académica) y psicosociales (prestigio asociado a las
denominaciones masculinas y sufijación femenina peyorativa) son insostenibles (Dister
y Moreau, 2009; citado en H. Baider, 2010). Lessard
y Zaccour (2017) recuerdan, por ejemplo, que la primacía del masculino,
defendida a capa y espada por la vetusta institución[2],
no es intrínseca a la lengua francesa, sino el resultado de una ofensiva
política desplegada en los siglos XVII y XVIII “por un grupo de gramáticos,
sabios y autores misóginos”, primero contra las terminaciones femeninas consideradas
“superfluas” (peintresse, poétesse)[3]
y los nombres de ocupaciones cultas (professeuse,
philosophesse, autrice)[4],
y luego contra la regla de concordancia por proximidad (Un homme et une femme sont contentes)[5].
Esta iniciativa falocrática, que permitió la expulsión gradual de las mujeres
del jardín de la lengua francesa y el control de las representaciones de sus
roles en la sociedad, agregan Lessard y Zaccour (2017), pervive en la
actualidad, disimulada por la etiqueta lingüística moderna del “masculino
genérico” y venerada por los caballeros de la Academia, cuyas batallas contra
los molinos no pasan jamás inadvertidas en el reino hexagonal francés ni en las
desgraciadas comarcas del resto de la francofonía.
La cuna de la libertad, de la
igualdad y de la fraternidad “se distingue de otros países por su resistencia a
la feminización”, confirma Elizabeth Dawes (2004). Sin embargo, pese a la
oposición de la Academia a proposiciones que juzga “contrarias al espíritu de
la lengua”, (Dumézil y Lévi-Strauss, 1984), las denominaciones femeninas son
privilegiadas en los textos administrativos franceses desde 1997 (Arbour y
Nayves, 2017) y en 1999 el gobierno ratificó la guía Femme, écris ton nom[6], publicada por el Instituto nacional de la lengua francesa. El pasado
otoño, según la crónica de Jean-Benoît Nadeau
(2017), el primer ministro Édouard Philippe intervino en la polémica sobre la
“escritura inclusiva” aconsejando a sus ministros permanecer abiertos a ciertos
procedimientos, como los dobletes completos (les lectrices et les lecteurs)[7] y
las denominaciones femeninas (autrice),
aunque evitando los malditos « puntos medios » (lecteur·rice·s)[8], a
fin de conjurar probablemente los sombríos presagios de los oráculos de la
lengua.
Así, pues, existe en Francia disensión entre el
Estado, que orienta y estimula la feminización lingüística, y la Academia, que,
fiel guardiana de una norma popular supuestamente grabada sobre mármol, se
resiste a esta innovación (Lessard y Zaccour, 2017); aun cuando la norma en
cuestión resulte hoy tan arbitraria como absurda. “¿Cómo es posible que la
mujer del embajador sea ambassadrice[9]?”, se pregunta Jean-Benoît Nadeau (2017), por ejemplo.
“Lógicamente – razona el
cronista –, ella no debiera ser otra cosa que la
femme de l’ambassadeur.”
¿Por qué – podríamos igualmente cuestionarnos junto a Dawes (2004) – las
denominaciones masculinas consideradas de “alto nivel”, como professeur[10],
poseen un único género, mientras las de “bajo nivel”, como travailleur[11],
admiten la feminización? ¿Por qué una mujer puede ser contrôleuse d’autobus[12],
pero no contrôleuse de finances[13]?
Elizabeth Dawes (2004) señala también que, en realidad, el masculino genérico
no nombra a las mujeres, las oculta, y que a pesar de todo, sorprendentemente,
muchas de ellas quedan satisfechas. Para Jean-Benoît Nadeau (2017), el sistema de valores de
los franceses y las francesas ha retardado más la evolución lógica del francés
desde hace 40 años que la propia estructura de la lengua. La profesora Dawes (2004), para quien las restricciones y los
juicios de valor no vienen de la lengua misma, sino de la ideología de los
hablantes, estaría rotundamente de acuerdo con él: la feminización de las
denominaciones de personas no es un problema lingüístico, sino un problema de
sociedad.
Más allá de las barricadas
Por fortuna, como Schnorhk (2017) lo expresa en la Tribune de Genève, el francés es un
idioma movedizo, cuyas palabras vienen y van, y que no ha estado jamás a salvo
de evoluciones gramaticales y sociales. Teniendo en cuenta la connotación ética
de la feminización de la lengua (visibilidad de las mujeres, eliminación de un
tipo de discriminación, respeto a la identidad femenina) (Dister y Moreau, 2009; citado en H. Baider, 2010), la mayoría de las autoridades lingüísticas
francófonas occidentales (incluyendo el Instituto nacional de la lengua francesa, antes
mencionado), alentadas y sostenidas
por los gobiernos, han adoptado desde hace tiempo estrategias de feminización
(Lessard y Zaccour, 2017). Quebec es un buen ejemplo.
Desde finales de los setenta, las mujeres de la Belle Province se fueron afirmando cada
vez más en el ámbito laboral y fue necesario crear denominaciones femeninas
para reflejar la nueva realidad (Guilloton y Vachon-L’Heureux, 2018). Las
recomendaciones (1979, 1981, 1984) de la Oficina quebequense de la lengua francesa
(OQLF) y las guías oficiales de feminización, que cubrieron respectivamente las
denominaciones de personas (1986) y los textos (1991), así como el documento Féminisation des appellations de personnes
et rédaction épicène[14]
(2015) hacen de Quebec un precursor y un faro en la materia. Ese proceso
continúa hoy por medio de la promoción de la feminización sintáctica y de las
formulaciones neutras. El primer procedimiento recomienda un uso moderado de
los dobletes completos (la lectrice et le
lecteur sont contents)[15];
el segundo, en tanto, prioriza el empleo de las formas epicenas (le lectorat, la clientèle)[16].
A no ser que el espacio sea muy limitado, la OQLF desaconseja los dobletes
abreviados (le [la] réviseur[-euse])[17]
y las notas como “el masculino es utilizado para aligerar el texto” (BDL, 2018;
Arbour y Nayves, 2017; Lessard y Zaccour, 2017).
En los años noventa, la Bélgica francófona y la
Suiza romanda también publicaron sus propios repertorios de denominaciones
femeninas. El Consejo de la comunidad francesa belga elaboró reglas de feminización
para las entidades que subvenciona, y guías de reacción no sexista orientan las
comunicaciones de la administración con el público. En Suiza romanda, donde las
denominaciones femeninas son moneda corriente, la ley exige que las autoridades
federales se comuniquen de manera no sexista, lo cual se lleva a cabo gracias guías
confeccionadas con ese propósito (Lessard y Zaccour, 2017). La variación
observada por Elizabeth Dawes (2004) de un lugar a otro es expresión de riqueza
y creatividad. Así, en Canadá se privilegian las denominaciones femeninas
puramente gráficas (chercheure en
lugar de chercheuse; docteure y no doctoresse; auteure antes
que autrice)[18],
aun cuando la Academia las califique de lamentables “barbarismos”. En la Bélgica
francófona, “más cercana a la sensibilidad francesa”, continúa Dawes (2004), se
recurre a los sustantivos epicenos (feminización minimalista): un(e) professeur, un(e) auteur, un(e) ingénieur,
un(e) docteur, un(e) écrivain[19];
mientras en la Suiza romanda se opta por una feminización maximalista, es decir,
marcada tanto gráfica como oralmente (cheffe,
écrivaine, autrice, mairesse, poétesse y consulesse)[20].
Hoy por hoy, ese abanico de estrategias lingüísticas es prueba de la diversidad y la polivalencia en el seno de las comunidades feministas, donde incluso neologismos como frœur, belleau e iel sacan a la luz la existencia de “personas no binarias, agénero, bigénero o transgénero” (Lessard y Zaccour, 2017). No son, por supuesto, términos muy propagados, pues como Guilloton y Vachon-L’Heureux (2018) señalan, “la gramaticalidad y la inteligibilidad (…) siguen siendo cualidades textuales indispensables”. Lessard y Zaccour (2017) constatan que, en general, el desarrollo de un movimiento en pro de la redacción no sexista es todavía incipiente, pero este se fortalecerá probablemente en los próximos años.
El prolongado estancamiento de la Academia francesa y de ciertas personas demuestra, en fin, cuán difícil es cambiar habitudes y mentalidades. Sin embargo, puesto que la lengua es una herramienta perteneciente a la totalidad de sus usuarios e usuarias, en principio debería ser perfectamente modelable para reflejar mejor las representaciones y las relaciones sociales. Después de todo, ¿no se trata de evitar lo que la academicista Carrère d’Encausse (2013), parafraseando a George Orwell, deplora: la reducción del “dominio del pensamiento”? El Estado, los medios y el sistema educativo pueden y deben sin dudas contribuir al cambio, pues la reconquista femenina del jardín de la lengua francesa no es un pasatiempo de las élites, como creen los puristas desde su Olimpo inmutable, sino una necesidad cada vez más imperiosa para la humanidad de aquí abajo[21].
Hoy por hoy, ese abanico de estrategias lingüísticas es prueba de la diversidad y la polivalencia en el seno de las comunidades feministas, donde incluso neologismos como frœur, belleau e iel sacan a la luz la existencia de “personas no binarias, agénero, bigénero o transgénero” (Lessard y Zaccour, 2017). No son, por supuesto, términos muy propagados, pues como Guilloton y Vachon-L’Heureux (2018) señalan, “la gramaticalidad y la inteligibilidad (…) siguen siendo cualidades textuales indispensables”. Lessard y Zaccour (2017) constatan que, en general, el desarrollo de un movimiento en pro de la redacción no sexista es todavía incipiente, pero este se fortalecerá probablemente en los próximos años.
El prolongado estancamiento de la Academia francesa y de ciertas personas demuestra, en fin, cuán difícil es cambiar habitudes y mentalidades. Sin embargo, puesto que la lengua es una herramienta perteneciente a la totalidad de sus usuarios e usuarias, en principio debería ser perfectamente modelable para reflejar mejor las representaciones y las relaciones sociales. Después de todo, ¿no se trata de evitar lo que la academicista Carrère d’Encausse (2013), parafraseando a George Orwell, deplora: la reducción del “dominio del pensamiento”? El Estado, los medios y el sistema educativo pueden y deben sin dudas contribuir al cambio, pues la reconquista femenina del jardín de la lengua francesa no es un pasatiempo de las élites, como creen los puristas desde su Olimpo inmutable, sino una necesidad cada vez más imperiosa para la humanidad de aquí abajo[21].
[1] Expresión que designa “a una persona haciendo
referencia al trabajo o a las funciones que ejecuta (…) o al rol que juega en
la sociedad”
(Arbour y Nayves, 2017).
[2] No es hasta 1980, es decir, 345 años después de su
fundación, que la Academia francesa abre las puertas de su torre de marfil a
las mujeres.
[3] Pintora, poetisa
[4] Profesora,
filósofa, autora
[10] Profesor
[12] Contralora de
autobús
[19] Un(a)
profesor, un(a) autor, un(a) ingeniero, un(a) doctor, un(a) escritor
[21] El pasado noviembre, Mme Carrère d'Encausse
reconoció que la evolución de la sociedad francesa durante los últimos veinte
años trajo consigo modificaciones lingüísticas “cuyo alcance convendría hoy
analizar, a fin “de responder a las legítimas aspiraciones de nuestras
conciudadanas, que anhelan ver el lugar que ocupan en la vida social, y sobre
todo profesional, reflejada en denominaciones mejor adaptadas” (Ugolini, 2017).
Ya veremos…
Bibliografía
Arbour,
M.-È. et Nayves, H. (2017). Formation sur
la rédaction épicène. Office québécois de la langue française. Repéré à https://www.oqlf.gouv.qc.ca/redaction-epicene/20180112_formation-redaction-epicene.pdf
Banque
de dépannage linguistique (BDL) (2018). La rédaction et la communication >
Féminisation et rédaction épicène > Rédaction épicène > Généralités sur
la rédaction épicène > Questions fréquentes sur la féminisation. Office
québécois de la langue française (OQLF). Repéré à http://bdl.oqlf.gouv.qc.ca/bdl/gabarit_bdl.asp?id=4015
Carrère
d’Encausse, H. (2013). À la reconquête de
la langue française. Académie française. Repéré à http://www.academie-francaise.fr/la-reconquete-de-la-langue-francaise
Dawes,
E. (2003). La féminisation des titres et fonctions dans la Francophonie : De la
morphologie à l’idéologie. Ethnologies,
25(2), 195-213. Repéré à https://www.erudit.org/fr/revues/ethno/2003-v25-n2-ethno719/008054ar/
Dumézil,
G. et Lévi-Strauss, L. (1984). Féminisation
des titres et des fonctions. Académie française. Repéré à http://www.academie-francaise.fr/actualites/feminisation-des-titres-et-des-fonctions
Guilloton,
N. et Vachon-L’Heureux, P. (2018). La
féminisation au Québec. Usito. Repéré à https://www.usito.com/dictio/#/contenu/guilloton_vachon_1.the.xml
H. Baider, F. (2010). Anne Dister et Marie-Louise Moreau, Féminiser?
Vraiment pas sorcier. La féminisation des noms de métiers, fonctions, grades et
titres. Louvain, De Boeck et Duculot, 2009, 207 p. Recherches féministes, 23(2), 183-188. Repéré à https://www.erudit.org/fr/revues/rf/2010-v23-n2-rf4006/045673ar.pdf
Lessard,
M. et Zaccour, S. (2017). Grammaire non
sexiste de la langue française. Le masculin ne l’emporte plus! Québec :
M éditeur; Paris : Éditions Syllepse.
Nadeau,
J.-B. (2017). Le sexe de la langue.
Le Devoir. Repéré à http://www.ledevoir.com/opinion/chroniques/514005/le-sexe-de-la-langue
Pech,
M.-E. (2017). Pour l'Académie, l'écriture inclusive est un «péril mortel». Le Figaro.fr. Repéré à http://www.lefigaro.fr/actualite-france/2017/10/26/01016-20171026ARTFIG00256-l-academie-francaise-met-en-garde-contre-le-peril-mortel-de-l-ecriture-inclusive.php
Radio-Canada
(2014). « Une auteure » est un barbarisme, selon l'Académie française. Repéré à
http://ici.radio-canada.ca/nouvelle/690019/bataille-autour-de-la-feminisation-des-titres-en-france
Schnorhk,
V. (2017). Les Suisses et les Suissesses sont… belles. Tribune de Genève. Repéré à https://www.tdg.ch/vivre/societe/Les-Suisses-et-les-Suissesses-sont-belles/story/31885135
Ugolini,
S. (2017). Féminisation de la langue : l'Académie française prête à évoluer. RTL. Repéré à http://www.rtl.fr/actu/justice-faits-divers/feminisation-de-la-langue-l-academie-francaise-prete-a-evoluer-7791109905

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